El Libro de tu leche Heridas,
segundo texto de María José Palma Borrego
(el texto està intercalado con palabras mias entre comillas sobre una pregunta que me hizo ella: quien me hirio?)
¿Te he abandonado yo o las potentes fuerzas de la naturaleza han hecho que me abandones?
Mientras
otras miran tus piernas abiertas, anteriormente sexuales, ella levanta
la cabeza hacia el cielo y lee el vacío de un enorme agujero negro y de
un espacio inmenso, en donde aguas oscuras, vagas y abruptas de la
cavidad que da vida, tejen un corazón-feto en un cuerpo dislocado por
unas perlas de collar y por unos zapatos afilados. Lágrimas negras y
olas malditas y anteriormente pinchos redondeados brotan de dos
corazones que son uno. Uno.
En
relación a la última que te mande, el huevo salió de ahí, del lugar
del corazón. Como si ahora viviera el corazón un poco fuera del
cuerpo, y el huevo está herido por que tiene herencia o linaje.
En
las acuarelas están presentes siempre las heridas como parte de la
vida, del vivir, del estar expuesto, de sentir, de creer, de ser y estar
vulnerable, en valentía, y también en resilencia.
En que siempre las heridas cicatrizan. En que nuestra capacidad de seguir, es la de poder seguir sintiendo, sin tener miedo.
También están presentes porque es algo humano que nos une, que deja ver el interior, que es el mismo en todos.
Cuando
era niña, le pedía a mis hermanos que tocaran mi herida para que
sintieran como dolía, fue un poco desconcertante a esa edad darse
cuenta que no podían sentir mi dolor al tocarlo, en el arte se puede, y
por eso me gusta tanto.
Se
despertó sobresaltada creyendo que éste sería su último sueño. Al
salir de la cama recordó y sintió frases y momentos que le
acontecieron en él: ¡Qué cansada estoy de mi vida abandonada y
errante! ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Oh líquidos! ¡Id a buscar a mi madre! ¡Oh
aguas! ¡Llevadme a esa casa que aún no he podido conocer! ¡Dame tú un
poco de tranquilidad! Y ¡Dame también una cuna líquida y perdida y mi
canción de las cuatro esquinitas! Cuando esto suceda yo aprenderé a
leer en el libro de tu leche ardiente y dejaré tu casa. Viajaré por
algún mapa visible o recóndito y releeré una vez más la vida en tus
pechos calientes. Caja redondeada de escritura antigua, que resulta
multiforme en altura y en gordura y en donde se observa una pequeña
diferencia entre el espacio derecho y el izquierdo. Canal del cual
surgen innumerables hilos platinos, cuyo anclaje en los pezones, es
quizás el cuerpo del libro asegurado con tres nervios, cada uno
portador de nombre.
Estoy
abandonando las aguas de tu cuerpo en una solitaria y solidaria
navegación por él. Salí de tu casa solamente con la ayuda de tu flujo
y reflujo aéreo y del líquido sanguinolento y aquí estoy agarrada al
mástil de tus piernas, después del naufragio rojizo que provoca tu
raja vital. Respiro y lloro. Respira y llora. Desconozco el mundo y ya
con los cuatro labios abiertos, en un revuelo, vuelvo a llorar la letra
doble y sagrada del origen M. La doble A de la M de mamá.
Creo
que a veces, uno se hiere sólo, también creo que todos estamos
heridos aunque no se vean las cicatrices, y claro hay unas que no
cierran, y otras que cierran y se camuflan.
Y otras heridas que conservamos abiertas por que preferimos conservar eso que quedarnos sin nada.
En
el sobresalto del sueño, mi cuerpo ensangrentado nada y es todavía
redondo como el tuyo. Aunque te perdí hace mucho, ahora estoy contigo
en la distancia, en una selva del mundo mudo y repleto de gotas de cristal que construyen, según Marina Tsvetajeva, “el instinto de conservación del alma”. Y el alma atestada y alterada se tranquiliza al nacer, con un chupetón de
leche y de letra, para poner una en la antesala de unas piernas
abiertas. Desasosegada y confundida, cercada y agarrada estoy en tus
hilos de leche, que son frases de nacimiento, de bienvenida y de terror
de lo que se precipita en un largo momento: unos versos.
¡Estoy sola!
¡Pesa el tiempo ante tu metamorfosis! ¡Madre mía! ¡Madre!
Lianta
de palabras, de gestos silenciosos y de textos tumultuosos de formas
horizontales e imposibles. Tú, emites raíces como pezones en brotes
herbáceos de nudos librescos, como si se tratara de un rizo(ma)ma, que
crece indefinidamente en todas las partes del mundo.
Libro
de leche, hecho, papá y mamá, pero aquí el orden se trastoca y todo
el libro es mamá. Penumbra de un ser sueño álgido, que intenta cortar
la vía lactífera con tijeras puntiagudas de un cuerpo naciente, sin
conseguirlo. Contigo en la distancia perpetua, que sólo se borra con la
muerte de quien nace. Recuerdos sin olvido. Nuestras vidas, las tuyas,
las mías, se centran en los fantasmas de un interior común, o no,
vivido y en las pasiones transversales de nuestras sombras, algunas
veces, ellas también sombrías.
Cuando
estoy dentro del libro, de ti, tu cara no existe ni la mía. No hay
cristal posible y no me puedo agarrar a ella para conseguir un poco de
consuelo cuando camine por los mundos casi divinos de la gente.
Naciendo, no dejaste ni en el lino ni en la tela ninguna huella que
pudiera seguir a pesar de tus lágrimas de soledad, de alegría y de
amor hambriento.
¡Estoy
trotando y desolada por mundos de dioses efímeros y diosas invisibles
como tu cara! ¿Por qué me abandonaste de nuevo corazón tuyo y para ti?
Uno
se hiere cuando espera más de la realidad, o cuando piensas que otro
(a) te dará algo para q seas feliz o estar completa (o). Casi siempre
las heridas tienen que ver con ̈darse
cuentas
̈ de la realidad. Por eso son tan valiosas, o por eso estas chicas (las
de las acuarelas) las llevan aun como recordatorios de todo eso que se
dieron cuenta.
Me
hirieron personas Tóxicas (que hacen daño), en algún momento de mi
vida, no sabía reconocerlas a tiempo. Pero fui yo la que se acercaba a
esas personas, tarde un tiempo en poder romper el patrón de ser
castigada.
en
terapia, que fue la que me ayudo a romper el patrón, entendí que
buscaba un castigo a un sentimiento de culpa, que tenía desde muy
chica.
Luz,
enciendo y veo ahora el blanco lechosos de tu libro líquido, del que
brota una comida que no separa las líneas del pelo o las del vello
canicular y selvático de Bolivia. Un nuevo corazón sin cara. Intento
fallido de pelo, castrado por unas tijeras paralelas al viento del
movimiento que él mismo proyecta, en oposición al peso pesado de las 8
tetas llenas de proyectiles de leche. Rejas y tramas confundidas que
salen de tu interior.
Tu
collar. Tú viste perlas de agua solidificadas por el rojizo color de
un nacimiento libresco. La realidad es blanca y tú la pintas y la
despintas. Cópulas entre la redondez de las perlas y la longitud de los
pezones, que son bocas. Nueve tetas, nueve cópulas del rizo(ma)ma.
Collar que oculta el grito sin cara y zapatos fetiches. Puntas que despegan el pie de suelo para un andar incierto o para el vuelo que provoca una “mort subite”, y luego, un libro que vuela y un adiós para el descanso, si éste es posible.
No sé si logré responder a tu pregunta, recién ahora al verbalizar me doy cuenta que es difícil poner palabras.
Un abrazo Alejandra Alarcón.
María José Palma Borrego Madrid (España) 2017




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