EL LIBRO DE TU LECHE: LOBA
Tercer texto de Maria Josè
Estoy envuelta en hojas blancas, notas, lápices pequeños, grandes, multicolor. Lápices lobezno. Sacapuntas y gomas. Envuelta de otros textos, de libros voladores. Y en medio de todas estas cosas, surge premonitoria, a lo lejos, la figura de una loba solitaria.
Loba-tu sin ser yo, oculta en terrenos de guerra. Envuelta en comentarios, en papeles
blancos y herida. Hiriente. De hambre voraz. De cabeza fiera. Instintiva. Loba-madre
buscona.
Deseosa. Cazadora. Para un casar –se convierte en lobo, en perro o, seguramente, en perra
salvaje, en medio de las congeladas estepas del azul del Norte, del Sur o de cualquier otro
lugar de la tierra. Del mundo. Del Cosmos, del más allá o acá, eso nunca se sabe. Tensión
entre todos ellos. Loba. Muerde. Piel. Carne desaparecida en medio de un color diluido.
Agua de papel escrito.
Lobo herido o loba. Trozo arrancado en un lomo incierto. Curado. Tirita, si, de frío frente a
la calidez de sus bocas abiertas. Colmena. Panal de abejas, que lanza los finiquitados
desbarajustes líquidos del deseo entramado. Infinidad de triángulos que delimitan los
cuadrados laboriosos que hay en ella. Huevo. Cráneo a medias. Roto. Venas o líneas que
circunvalan, el transparente y glauco cerebro o las melifluas líneas de un nuevo texto, esta
vez reescrito de colores.
Errante por la tundra y otros desiertos de México o del cielo, territorios unívocos de la loba
que camina armoniosa, majestuosa y con un paso oral y caliente que los funde. Penes
llenos de leche andrógina, pero más loba que nunca. De vida entera. Penetrada y
penetrante. Ya con dientes y colmillos agrestes. Agudos. De mieles circulares. Violentos.
Celdas de panal cortadas, picudas de violencia, que hacen cuadrados cuando se cortan los
triángulos de los vértices.
Más allá. Del azul surgen uñas afiladas que redondean el cuerpo de la loba. Círculo
hincapié. Aquí, vomita ya moribunda un lobezno de ojos y boca cerrados. De media vida
aún sin saberlo. Y en el más allá y en el aquí o en algún en medio, hace algún tiempo que
dejó la manada. Loba esteparia solicitada.
Collar rojo en garganta herida. Afluentes de sangre. Voz o aullido que viene de lejos. De una
intuición perdida en los abismos de los tiempos. Pequeños mundos en cada bola al cuello,
que circunvalan su Arie(s), y la suben al espacio blanco y pintado de una acuarela, que es lo
mismo que el “acua” o agua dionisiaca, diluida y secada por sendos torrentes de un tiempo.
Loba, quizás mujer eólica. Propulsada. Sin soltar las castradas riendas de lobezno. Grilletes
al cuello. Erección de ocres. Bordes en las líneas que unen texto y silencio acuífero,
marcado por un viaje a los cielos.
Esperando para escapar, te escapo sin caer en tu trampa. Infinidad de triángulos que
delimitan cuadrados laboriosos en una corona de abejas. Ojos. Yo loba coronada. Tú reina
caída y avispa en medio de dos crepúsculos. De vida casi entera. Hacia arriba, pelo en
llamas. Espacio en blanco dividido. Dos o más, qué más da.
María José Palma Borrego
Mayo 2017









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