“El porvenir es tan irrevocable/ como el rígido
ayer. No hay una cosa/ que no sea una letra silenciosa/ de la eterna escritura
indescifrable/ cuyo libro es el tiempo.” José Luis Borges.
I
¿Cómo podría yo contemplar ahora la muerte que ocupa
el fondo blanco de un posible cielo de papel, sin el menor interés y
generosidad, sin sentimiento de duelo?
Sólo desde el necesario fluir del cambio, en el
desconsolador espacio de papel blanco que enmarca la hoja, recinto delimitado
por cuatro mares, el pincel con colores aguados, traslada la vida y la muerte,
arriba y debajo, a la frontera que rompe la sutilidad del trazo.
Las dos están marcadas y no dependen
de un cielo, sino de líneas aquaticas-curvas, que dan forma a huesos
amarillentos por la vejez o la juventud del esqueleto lobuno. Éste mira con los
ojos vacíos, a ese cielo del que no depende. Muerte al cielo con la boca
abierta, triangular edípica como Perséfone, con la que se expresa queja y
deseo, y abre el camino tórrido de una garganta larga, en donde cada hueso deja
vislumbrar otra forma a la esperada anatomía. La anatomía de la melancolía que
da el pincel, con la fuerza de una mano que se desliza por el papel como la
última acaricia en el lazo amoroso. Tensión cansada que se relaja a fuerza de
sobreponerse y ponerse. Per se.
Llegando a la espina dorsal, a uno y
a otro lado, rastas delgadas de hueso con espacios aéreos y sólidos entre
ellas. Cavidad de aire que no a la vida, si no es por el color rojo líquido y
rojo de las patas delanteras y traseras. Estas últimas ultimas pegadas a un
rabo flácido. Por el momento, es imposible abolir la distancia repentina entre
cuerpo, página, agua y pincel.
II
Tú, Persé(phone) airada, triste. La
muerte aulla. Pleno de fuerza en el móvil movimiento del cielo de abajo. Fuego
o juego que empieza, toma cuerpo y ronda allí, en los puntos de fuga, que
rompen la línea que tocas y te soporta toda tú, menos en la entrada de una
vulva escindida. Frontera rota entre el blanco que enlaza con el cuerpo y el
verde escondido del otro lado de la vida, que no es la muerte, sino el más
allá. Otra mano, quizás, pinte imaginariamente la falta. El deseo. Codo y mano.
Borde izquierdo de ésta y codo advenedizo, que no es el suyo, sino el tuyo en
las tonalidades verdosas de un verde boliviano sostenido en la otra mano.
Selva-sexo de granos rojos a los que no se les ha pasado el arroz. Globo lleno
de pólvora con espoleta. Granada en mano sin sexo. Oculto. Ni tan siquiera
palabras hábiles rompen la quietud curvada. La muerte no es fértil más que con
ella misma.
Pulsión. ¿De quién es el azul de los
ojos tristes? ¿La trenza de pelo que desde el este vuela horizontal hacia su
extremo límite, como un fantasma en su laberinto? Melancolía de una carcasa,
que mira lo que oculta con un trazo blando de signo interior y en situación de
correspondencia con la punta del calcetín-cara-de-serpiente. Segunda piel con
trazo débil en transición con la carne, que se muestra inquieta. Más allá,
pinceles de trazo blanco de muerte activa, violenta. Perséfone de los
infiernos.
María José Palma Borrego
Madrid, Diciembre de 2017






















































